lunes, 3 de octubre de 2011

domingo, 2 de octubre de 2011

CENIZAS VERDES Y ALMAS ROTAS

Es algún lugar de Austria, pleno Tirol, con sus Alpes, pueblecitos coquetos, la hierba fresca, verde reluciente, tenues nubes en las cumbres, abetos hermosos de postal y cuento de navidad. Algún lugar he dicho, pues este mismo puede ser toda Austria, de doloroso verde casi fluorescente con algunos rayos furtivos de sol.
Impresiona el pequeño país alpino en su desbordante naturalidad. Con el recuerdo cercano de su visita me pregunto desde cuándo Austria tiene esta apariencia, o mejor planteado, si sus habitantes y visitantes lo han percibido del mismo modo que yo, si su apariencia natural, más allá de las mejores o perores condiciones de vida de sus habitantes, ha sido verde, reluciente verde como es ahora, a lo largo de los tiempos.
Si así fuese cómo es posible que el abono de tan hermosos campos fuesen las cenizas de seres humanos. Cómo no cuestionarse qué pudo haber pasado en un país de cuento para que sus habitantes se abrazasen con entusiasmo y fervor al mal absoluto, al peor de los males desde que el hombre es hombre. Cómo poder comprender que a 100 km escasos de esta estampa el hombre construyese el lager de Mauthausen, y que sus habitantes fuesen las chispas de la muerte.
Quiero pensar que la belleza del paisaje es su forma de pedir perdón, que Austria era antes de los años 30 un país horrendo, de inhumana perspectiva; que cada campo tupido por la hierba es un homenaje al hombre y una humillación perpetua de rodillas; que cada hogar en madera construido es una morada del perdón eterno por las peores pesadillas; que cada abeto que cobija las nieblas del hombre es una celebración de la vida en honor de los desamparados; que cada granero es un lamento por los silencios mas fértiles. Si no fuese así, si Austria siempre fuese tal y como hoy la vemos, sus habitantes merecen el peor de los reproches, la repugnancia del mundo entero, el dedo acusador de la vida señalando al infame, pues cómo entender que de tal sitio hubiesen surgido las perores fieras que se han conocido, cómo perdonar que viviendo en este paraíso el hombre quisiese ser el buitre del hombre, el sepulturero de la vida. Esa es su única escapatoria, pues más allá de su belleza redentora no hay en todo el Tirol una sola muestra de arrepentiemiento, ni la más sencilla placa o fuente, plaza o calle que pida perdón por el crimen absoluto. Si la belleza es eterna y no un arrepentimiento, debemos asustarnos pues el mal todavía no ha muerto.

LA ETERNIDAD EN CINCO MINUTOS

He cantado esta mañana la canción de Víctor Jara Te recuerdo Amanda y esos infinitos cinco minutos que pueden serlo todo en la vida, eternos, que de algún modo se mantienen en el aire flotando para que podamos respirarlos cuando los necesitemos, cinco minutos que mantienen un cuerpo en pie, unos ojos abiertos y una caricia en el aire que susurra demasiados recuerdos.
Amanda ansía esos cinco minutos mientras espera por Manuel, agotando su tiempo en el recuerdo de una eternidad que empieza rutianariamente a los pies de una fábrica, más allá de los días de muerte cuando todo se desvanece en una mueca del destino, poderosa, que siega las muñecas en dos manantiales.
Pero Manuel es el deseo eterno de la felicidad reducida a cinco minutos, como una prudente muestra de humildad de quien sabe que no puede aspirar a más. Y la verdad, quién puede llegar a cinco minutos eternos al pie de una fábrica esperando a Manuel. Reducir el tiempo a cinco minutos se convierte en una quimera, en una aventura errante de quien no tiene tiempo más allá de su desesperación. En el continuo vagar errante de una vida a una fábrica donde la eternidad se encuentra con lo efímero de la existencia, Manuel es la única prueba de nuestra vida.
Transmite puro dolor la espera de Amanda y sus cinco minutos con Manuel en la fábrica, pero quién podría ser capaz de llenar su vida en cinco minutos al día de auténtica vocación, quiénes pueden lamentar su vida por la pérdida de cinco minutos al pie de una fábrica, quiénes han alcanzado al menos esos cinco minutos de eternidad.

miércoles, 25 de mayo de 2011

PRURITO DE LEY

Acaban de legislar el uso de cordones sintéticos en las zapatillas de deportes, cuando éstas son de entrenamiento para pronadores. Todavía no es titular de la pseudoprensa que tenemos en España, pero lo será, dentro de poco lo será... así como utilizar dentífrico de color azul, porque seguro que es nocivo o para el individuo o para la sociedad o para el ecosistema... también, sin duda alguna y con menor demora, será legislado el uso del lápiz en los institutos, pues el carboncillo mancha y los restos que deja la goma cuando se borra los meten los niños en las bocas y el resultado son unas posibles diarreas descomunales... tampoco podemos olvidarnos de la urgencia de someter a reglamento el sabor de los chicles, tan molestos, sobre todo los de fresa ácida, por ejemplo en los ascensores, como espacio reducido común de la sociedad y por tanto susceptible de ser protegido de nefastos olores que sin duda producirían algún síndrome extresante en los individuos...
En efecto absurdo todo esto, pero qué quieren que les diga, verosímil en el marco de legislaro absolutamente todo que ya tenemos en España. Piensen un poco, hoy en día no puedes fumarte un cigarro en un bar, está prohibido, y por lo tanto a la intemperie, con lo que es probable que pases frío o te mojes en invierno; en muchos lugares, Pontevedra, por ejemplo, está prohibido, so pena de sanción económica, tomarse una cerveza o copa en la calle, con lo que te achicharras en verano, joder si eres fumador y bebedor!!!!! debemos ir en mi ciudad a 30, no 35 ni 25 ni 48 (ante lo que estuvieron tentados) sino a 30, so pena de multaza económica; desde hace unos meses debemos ir a 110 bajo amenaza de sanción, y ahora el razonamiento: vaya manera de tocar las narices teniendo en cuenta que los cuentakilómetros de los coches van de 20 en 20 y, salvo algunas excepciones, que las habrá, no marcan 110, con lo que acertar es facilísimo, piénsenlo desde este punto de vista, cuando se podía ir a 120 el personal iba a 120 o 140 o 160, ¿conocen ustedes algún capullo que haya sido multado por ir a 13o, 150 o 170? seguro que no y la razón es simple, es más fácil para el conductor controlar la velocidad en base a los numeritos del cuentakilómetros, pues ahora a 110, si de verdad se trata de ahorrarnos una pasta en combustible ¿por qué no lo ponen en 100 y dejan de tocarnos las narices? ¿quién es capaz de ir a 110?. En otro ámbito, los alumnos en los institutos no pueden ir al baño en las horas de clase, no me digáis que no se habla de esto profes, que yo también soy tal, y entre hora y hora no se puede salir del aula, o eso se pretende, luego queda el recreo para echarse el pis de rigor que se suele echar cada 6 horas, pero resulta que en el recreo no te dejan ir al servicio que está en la segunda planta porque no se puede estar en los pasillos en el recreo, por tanto queda un servicio de la planta baja, con suerte, para 1000 alumnos, y después no queremos que los baños huelan a humo; no se queda ahí, un alumno de 17 años que cursa 2º de bachillerato no puede salir y entrar del centro cuando le place, cómo si eso fuese de locos, mal nos trataron a nosotros que podíamos desde los 14, cuando entrábamos en 1º de BUP, es que en verdad les puede pasar un coche por encima, y a ver después quién es el responsable (o el coche o el alumno, digo yo, vaya), sin embargo ese mismo nene o nena, que en esto si soy porculero, puede llegar borracho a casa el sábado a las 5 de la mañana, u más que diría el otro, como hicimos todos por otra parte...
Podríamos llegar con el absurdo hasta donde nos diese la gana, solo quería mostrar la anulación del individuo a la que estamos sometidos, con tanta paranoia legislativa sobre minucias que en verdad no suponen nada, que no respetan ni garantizan derechos, que no facilitan el día a día, que no tienen ninguna utilidad práctica o protegen derechos esenciales. Pero es así como nos tratan, una completa y absoluta negación de la persona, de su responsabilidad, de su capacidad de decisión, etc etc. ¿Cómo extrañarnos después que políticos cuanto más corruptos más votos reciben? Entre otras cuestiones que se me ocurren. Estamos anestesiados a base de normas ridículas mientras se nos cuelan los sapos más gordos. A seguir así españolitos.

sábado, 21 de mayo de 2011

DE PÁJAROS DE MAL AGÜERO


Una vez alguien me dijo que tenía muchos pájaros en la cabeza, bien dicho creo, todavía revolotean en mis ondulaciones; pero seamos francos, no eran y no son más que canarios, periquitos o ruiseñores, de esos pájaros cantarines y fanfarrones que toman sus miguitas pretenciosa pero alegremente. Me da por pensar que en el fondo soy un afortunado, puesto que en más de alguna azotea lo que revolotean son buitres campeadores, de esos que acechan la carroña, es decir que viven de la carroña, y ¿qué es la carroña sino cádaver? Cuántos buitres acechan los cadáveres putrefactos de las buenas gentes que no tienen más que huesos de moneda. Es muy español el buitre carroñero y, aunque en apariencia muy diverso, es fácilmente reconocible, en forma de banquero, de político empresario constructor corrupto, juez fascista o empresario misógino. Estos días la gente se retuerce bajo el vuelo del buitre carroñero, pero no acaba de comprender que mientras no se mate el perro no se acaba la rabia. Falta mala leche en este país, para que de una puñetera vez salten por los aires los que llevan dando la matraca desde hace más de 70 años. A estas mismas horas los buitres se retuercen de risa ante el sol de las campanas, saben perfectamente que nadie cortará sus alas.

viernes, 20 de mayo de 2011

EL MAL TAMBIÉN SIRVE MORTADELA

Ruiberto Peres era uno de esos grandes hijos de puta que no regaban las plantas del balcón, cuando a 3oº a la sombra hasta en las cisternas de los váteres se evaporaban las cascadas. Creía el malnacido que si sed pasasen las benditas pedirían agua, cómo si unos pétalos marchitos conociesen las palabras. Era de mente retorcida el tal Ruiberto, y sin embargo cuando estaba en su mostrador, despachando los chorizos, parecía un hermoso ruiseñor parloteando con la clientela. Alguna vez, de reojo, alguién observó que mientras trinchaba las pechugas de un pollo de corral, sus pupilas se dilataron y una leve sonrisilla en la comisura de sus labios pareció brotar. No está del todo claro el hecho, pero son rumores que escuchábamos a veces en las colas de la carnicería con el número de espera en la mano. Lo cierto es que el señor Péres es reacio a regar las plantas del balcón, y eso para todos es un hecho irrefutable.

lunes, 16 de mayo de 2011

FELIZ ALDEA

Recuerdo un día que llegué a casa de mis abuelos, en una aldea minúscula del interior de la provincia de Pontevedra, y como al acercarnos a la casa, en una pequeña "eira" que siempre ha servido de almacén a la interperie, había un gran montón de leña partida, el carballo preparándose para ser consumo humano. De siempre recuerdo esos montículos en mi aldea donde se secaba la leña, así como las buenas colecciones de plástico que estaban al quite de una posible lluvia, siempre latente en Galicia. Me gustaba ir a la aldea de pequeño, aun hoy con sentimientos diferentes, no dejo de maravillarme de ese pequeño paraíso que tengo tan cerca. Tendría unos 11 años y al ver el montículo los ojos se me pusieron como platos, como con todas las actividades de los campesinos, me sentía fascinado por esa vida, tan dura pero tan idealizada a los ojos de un niño. Recuerdo cuando pasaba el "angazo" (rastrillo) en los campos en los tiempos de la siega, o la recolección de las patatas o el maíz, y aun recuerdo el sabor del agua de una pequeña fuente que broataba en el mismo suelo en el campo donde comían las vacas. Así que cuando vi el montículo me alegré todavía más, había tarea. En efecto, cuando la leña estaba seca se trasladaba de la "eira" donde se secaba a un pequeño cobertizo donde se apilaba organizadamente. El transporte de la mercancía se realizaba con una carretilla, de esas de una rueda, se cargaba de leña y se llevaba 20 metros más abajo donde había que guardarla. Cómo me gustaba aquel paseo con la carretilla llena de maderos, y qué fuerte me sentía, llevaba incluso la cuenta de las veces que había hecho el trayecto, como prueba de gran hombría. Yo me encargaba del traslado, recuerdo que mi hermano me ayudaba a cargar la carretilla y que mi abuelo y mi madre la colocaban como correspondía, ni más ni menos que construyendo una rigurosa pared como si de ladrillos se tratase, que sostuviese toda la leña que caería detrás y que iría rellenando el espacio creado. La madera olía a madera virgen, había cucarachas, arañas (ante las que no era tan machote), se clavaban astillas en las manos, cuyas heriditas se lucían como cicatrices de un gran combate. Llevaba más carretillas y aquella fotaleza iba creciendo con el melodioso método de mi abuelo, ordenado, bello, reposado. Al terminar con el trabajo tocaba un buen trago de gasiosa, siempre recuerdo mi aldea llena de botellas de gasiosa, y de cerveza.
Hoy es mi cumpleaños y me he acordado de mi abuelo muerto hace ya 17 años, preso político que deambuló por las cárceles de Franco tres años y medio. Algún día escarbaré en los recuerdos de mi padre para conocer la historia de mi abuelo. El hombre que conocí era quien me llevaba con las vacas y con quien bebía en aquella fuente, con quien quemábamos y limpiábamos el cerdo, quien me dibujaba gallinas en las libretas, quien encendia el fuego. El hombre que conocí era un hombre bueno. El hombre que fue lo mató Franco.
No imaginas lo que te recuerdo, hoy muchísimo.

viernes, 13 de mayo de 2011

AMNESIA

Se me cayeron las ganas de estar despierto.

Esta noche pasada entre sudores de sábanas,

hablé a solas rompiendo los cristales

de botellas muertas.

ELOGIO DEL CORAZÓN HERIDO POR UN ERIZO

Es el simple paseo de un caminante vereda arriba, entre álamos centenarios floreciendo en una primavera tardía, el abeto que pierde boca arriba las piñas, su fruto como cerámicas chinas, el arroyo casi imperceptible entre los juncos y bajo las ruinas de un olvidado pueblo abandonado que ahora pisan estos pies. En frente el horizonte que serpentea entre riscos y peñascos, saltos casi intrépidos y rastros de gigantes. Unas nubes bajas de tan alto que ya estamos amenazan sombras que no lluvia y al fondo en el estanque las ranas croan su festividad orgiástica. Rumores de pisadas suaves, miedosas y casi ausentes siguen nuestros pasos. Es el erizo que come las lombrices descubiertas entre el fango de los zapatos. A dos metros casi imperceptible y sin tocarme, siento sus púas que se clavan en la carne. Después de un paso suben pantorrilla arriba arrastrándome al desastre y las lombrices ríen siguiendo el surco de sangre. Antes de saltar otra vez el arroyo siento una punzada en el ombligo, desatado, que libera mis entrañas, festín de lombrices entre las telarañas. El arroyo queda atrás a un lado de los pinos, procesiones de gusanos avanzan a compás. Y otra daga que atraviesa dedos, manos y brazos alojándose en el cuello como un parásito. Bajo el sombrío atardecer de hojas, nubes y pájaros percibo en este paso santo el hachazo de la última punzada, entre sístole y diástole de fría plata, la herida que supura amarga miera de vida, dulce muerte de color.

sábado, 18 de diciembre de 2010

ANUNCIACIÓN

Suena Chopin de fondo otra vez. Hoy me he levantado demasiado pronto, después de haber dormido poco, sin demasiada justificación tras una noche ridícula; no resulta fácil explicar por qué perdemos el tiempo con tan poca vergüenza, para después seguir perdiéndolo lamentando que rápido se nos va de las manos. Todos seremos contradictorios, cada uno a su manera.

No he visto el mar esta mañana, ni las anteriores, casi nunca lo hago de hecho, y no tengo más que descorrer una cortina que cae como un harapo viejo en la ventana. Me pregunto si lo echaría en falta si no pudiese verlo, ahora que lo tengo todos los días frente a mí. No se debe explicar nunca una metáfora, esta vez me lo permito, esa es mi vida, un paso por la realidad sin ningún conocimiento, está ahí mismo y me la pierdo en elucubraciones estúpidas sobre el sinsentido del tiempo, de la muerte, de la vida; inevitablemente recordaré la vida no vivida. Me faltan agallas para todo. Sentir el impulso que siento y no avanzar, supongo que podría ser una definición válida para la cobardía, los cimientos de toda frustración.

Podría salir al balcón y respirar, ver y sentir la brisa que se acerca calle arriba meciendo los árboles, pero no lo hago, veo el balcón sin darme cuenta que no existe si no es para estar en él. Pero asomarse a un balcón extraño sin compañía me produce hastío. Conocer una realidad por el hecho mismo de conocerla carece de atractivo. Pero yo no tengo fines. He reconocido que soy contradictorio, no culpéis mi desgana. Parecería demasiado sensato para mi vida asomarme, dar un paso a las alturas suspendidas, y mirar los edificios de enfrente, las ventanas con las persianas subidas, la ropa tendida, una joven cambiándose en su cuarto, la luz de una televisión que parpadea un partido…

Camino del trabajo, conduciendo entre los peñascos secos de esta horrible ciudad azul, celeste como antes fue nombrada, suelo caer en la tentación de cuestionarme qué hago aquí; en esos momentos en los que el pie aprieta el acelerador dejando a un lado, desde las alturas, edificios emblemáticos, el puerto y un cabo allá a lo lejos, cuestiono la realidad de mi existencia, lo absurdo del viaje que he realizado hasta ese momento acelerado. Y no debo dar rienda suelta a la nostalgia, pues consigue ser la esencia misma de mi existencia, un neumático desgastado en el asfalto. Pero cómo no soñar cada día en el viaje con nostalgias pasadas, cuando las ruedas se arrastran entre las nieblas de las montañas secas, el brillo cegador del oceánico plástico y el azul estancado de un mar en ruinas. Digamos que las tempestades, la tensa espera del peñasco ante la furia del océano, la melancólica espera del ser humano fluyendo errante entre cocinas de fuego, los paseos salpicados de barro y las hojas de los árboles caídas son un oasis desesperado que anuncia una derrota.

sábado, 11 de diciembre de 2010

CON EL CORAZÓN

Ha muerto el padre de un amigo, de un buen amigo, se lo llevó el temporal del invierno gallego, esa enfermedad que rompe los peñascos de los más duros arrecifes del noroeste, y de otros lares. El dolor es suyo, mío el lamento, el dolor es suyo. Pero yo no estuve allí, como en tantas otras cosas, yo no estuve allí. El mismo temporal me tiene preso en una esquina de la que no puedo salir, y la tempestad se lo lleva todo por delante, sin contemplaciones y dispuesta a dar un golpe. Hoy hablé con él y le di el pésame, solo quería darle un abrazo, las palabras no siempre sirven, se caen como gotas en un charco. El lamento es mío, pero el dolor es suyo, hoy he realizado el conjuro de los muertos, de los espíritus, de las almas, y he lavado mis pecados para enfrentarme con mi tiempo. Un soplo de vida envío a quien no leerá estas palabras, mi homenaje anónimo, amistad volando errante.
Lo siento amigo, lo siento.

viernes, 5 de noviembre de 2010

POESÍA DEL ENCUENTRO

Enfilaba la vereda nuestros pasos

sobre un mar de nubes bajas,

entre encinas y peñascos

los dos gimiendo las palabras.


Entre saltos y cabriolas repuntaban

en lo alto de nuestras cumbres

vuelos de abejas soñadas

dejando un rastro de azufre.


Del simpático compás los elementos

de nuestra materia recubiertos

brotaron en caudalosa fuente

de aquellas ramas acechantes.


Segando la hoja inherte

el vuelo de un buitre amargo

llevó consigo las cenizas

de aquel fuego envenenado

miércoles, 3 de noviembre de 2010

POESÍA DEL DESENCUENTRO

Y pensar que podrías en la amarga

miel de mis pestañas encontrar

aquel sol que algún día navegó

arropado en nuestra almohada…


Que ciegos resultaron tus oídos

ante aquellas voces que mirabas

a fuego escritas en mis manos

y en agua pura derramadas.


Y seguir aquellos pasos por la acera

escuchando tus caricias contra el suelo

mientras un martillo golpeaba

aquel racimo interno desplegado.


Besos en las paredes blancas

en cenizas de miradas esparcidos

con una luz de dolores vagos, peregrinos

de idas y venidas recordadas.

martes, 6 de julio de 2010

CONTINUACIÓN VI

Miré por la ventana otra vez, unas nubes bajas a lo lejos hacían una línea lisa y paralela al suelo, ascendían como el algodón en figuras extrañas que aquella tarde no quise concretar. Siempre observo con curiosidad como la gente se siente bien discutiendo las cuestiones más elementales, martilleadas en el yunque de una fragua abandonada, al compás del paso firme y cadencioso del tren. El legionario marchó a lo largo del vagón, no llevaba quesos en las manos.

martes, 29 de junio de 2010

CONTINUACIÓN V

Cuántos misterios puede encerrar un simple coche 5 de un TALGO. Unas hermanas que no se llevan bien, la manifestación de orgullo consiguiente, el sector masculino de la familia medio mosca, y Umbertito perdido en la capital, con un amigo de los hijos de Carmen. Me pregunté que pensarían los viajeros de un tipo como yo, si llegarían a hacerse preguntas, alguna composición de lugar sobre mi papel en el viaje. No sospecharían que soy de Pontevedra, y no creo que se imaginasen qué me había llevado a Madrid. A lo mejor les llamaría la atención compartir un vagón con un pontevedrés, intentarían acertar por qué iba en tren hacia Almería, qué se le habría perdido por allí. Muchas veces cuando viajo imagino que hablo con alguno de los pasajeros, siempre me muestro educado y perspicaz, muchas veces seductor. Tan bien llevo la conversación, que no resulto ni pesado, ni narcisista, ni chulo de playa, están encantados de hablar conmigo, conocerme y sentir que en cualquier lugar se puede conocer gente muy interesante. Pero qué pensarían de mí los dichosos pasajeros, de qué modo ocupo sus vidas en el microcosmos móvil que compartimos.

Ahí fuera hay gente comiendo queso, pensé, puede que también bebiendo vino. Pero en el tren se abre la puerta, y un legionario de Viator entra vestido como legionario, con cara de legionario, perilla de legionario y chulería de legionario, cruza el vagón y se pierde camino de la cafetería. Me pregunté si los quesos manchegos tendrían leche de cabra y si a los legionarios les gustaría el queso. Seguro que no lo prueban en un bar.

Pero además de quesos en la Mancha, hay cobertura de teléfono, irregular, pero cobertura al fin y al cabo. Mi compañera agarra su móvil y llama a Carmen, “Hola Carmen, Miguelito (que así se llama B) ha cantado la gallina, sí, le ha contado todo a Rosa (que así se llama su madre), en fin. Le he dicho que me despisté pero que al final fue solo un susto”. No quiso dar mucha más trascendencia a la conversación, en verdad llamaba por el otro asunto, el peliagudo, cuando hay familia de por medio ya se sabe, tintes dramáticos. Pero antes de que se lanzase tuvo unos segundos de recuerdo para Umbertito, “sí, va todo el camino tranquilito, se durmió un rato, ahora va viendo la peli; hablaré después con él”. Pobre Umbertito, tan rubio, tan niño, tan tierno y con esa mami tan conversadora. Como un chispazo de electricidad aireó el asunto “me llamó Diego”, ya no había marcha atrás. “Pues está mosqueado. Sí, no le sentó bien que no llamase. Pero claro, yo le dije que esperaba que llamasen ellos, que les tocaba organizar a ellos, y que como no llamaron pues que hice planes contigo y con los niños”, sin duda confirmación por parte de Carmen. “Si es que no me correspondía a mí organizarlo todo, aunque también le dije que por Clara no me apetecía mucho”, ligero tono de autocomplacencia, “está claro que eran ellos quienes tenían que haberlo organizado todo, que además yo iba a estar en tu casa y ya le dije, que fíjate qué comprensiva Carmen que le parecía bien que fuese a la comida. Luego se nos cortó, falla mucho la cobertura. Pues sí, pero bueno, que se le notaba que no le había hecho mucha gracia. Venga, otro día hablamos, te aviso cuando lleguemos”. Despedida tierna y cuelgue de teléfono. Puse una de esas caras irónicas que todos nos guardamos cuando queremos decirle a alguien sí, ya ya, lo que tu digas morena. Tan solo la miré de refilón, girando un poco la cabeza, mirándola distraído y con aires de suficiencia, estoy seguro de que entendió el mensaje.

miércoles, 16 de junio de 2010

AUTOPAISAJE

El sol derrite centímetro a centímetro

el aire de mi corazón mientras sudo,

como si me perdiese en un suspiro,

gota a gota, destilando alcohol.


En el cielo iluminado de esta provincia

al sur del norte, en la soledad eterna

veo el paso abrasado por el fuego

de mis pies arrastrándose en la arena.


Azul mediterráneo desde el balcón

en este patio de vecinos que observa,

ciego, la bahía de la nueva Andalucía

asomada a la ventana de un faro en ruinas.

CONTINUACIÓN IV

El teléfono volvió a sonar, pero no era la tejana, una melodía de música caribeña atronó nuestros oídos, giré la cabeza, y allí estaba la jubilada con el pelo corto haciendo números para encontrar el teléfono en el bolso. Descolgó, pronto deduje que hablaba con su hermana. No pude averiguar el nombre de las dos, pero sí que se dirigía en el TALGO a Valdepeñas, pues su hijo había ganado tres medallas en un concurso de cata de vinos y estaban todos muy contentos, “voy a ver las medallas del niño”, nos espetó, diciendo claramente que no creía que ninguno de los allí presentes tuviésemos ninguna medalla, y menos tres. Reconozco que un buen rato estuve imaginando que tomaba un buen vino con un queso manchego, no en un bar de carretera. Pero la cobertura volvió a jugarnos una mala pasada, “¿me oyes?, ¿me oyes?, ¿estás ahí?”, se cortó, la pobre señora se quedó con las ganas de seguir pavoneándose con las medallas y nosotros supimos que habría cara b de aquella sinfonía.

No recuerdo muy bien la hora que era, ni cuanto tiempo había estado pendiente de los dos seriales, lo cierto es que llegamos a la estación de Manzanares, en uno de esos rituales que se producen con frecuencia en la vías españolas: el tren para, salen dos fumadoras histéricas con el pitillo en la boca y el mechero en posición de asalto, ningún viajero se queda en la parada, ninguno sube, a las dos caladas tiran el pitillo, se cierra la puerta y el TALGO reanuda la marcha. Al poco rato de abandonar Manzanares suena el teléfono, y esta vez sí descuelga la tejana, es Diego, pienso yo, aquello había quedado a medias, pero no. Resulta ser una mujer, cuyo nombre no es mencionado, madre de un niño, amigo de los hijos de Carmen, que acompañó a toda la comitiva el sábado en el Retiro madrileño. Entra en escena Umbertito, el hijo de la tejana, pues el angelito y el amigo decidieron perderse el sábado en Madrid. La madre del niño al que, por ahora, llamaremos B, telefonea para verificar que es cierta la historia que le contó su hijo y que la tejana tenía muy bien callada, “sí, se perdieron, nos dieron un buen susto, estaban inquietos y no obedecían nada, además es que Umbertito se porta muy mal, no me hace caso, estoy muy enfadada con él, pues en un momento bajé la guardia y me despisté, cuando me di cuenta no los tenía delante. Pero allí estaban los otros dos niños, les pregunté y no sabían que había pasado”. Aquí tuvo que haber un momento de ligera tensión telefónica, la tejana escuchaba sin decir nada, “ya, si les pasa algo a los niños yo me muero, lo pasé fatal, una vez que aparecieron respiré tranquila pero claro, es que no te puedes relajar un momento, fue fallo mío, pero un momento y ya no estaban. Finalmente resolvieron la situación, se encontraron con un policía y le comentaron la situación, en pocos minutos nos cruzamos con ellos y eso fue todo”, la palabra policía tuvo que hacer mella en la señora cuando B le contó en casa la situación, sin duda eso fue el detonante de la llamada, el niño acudiendo a la policía perdido en Madrid. Se relajó un poco el tema, implícitamente la señora debió de aceptar las disculpas, pero quiso regodearse un poco y entró con firmeza con Umbertito, “ya, está en una época fatal, no me hace caso, se porta mal en el cole. Está aquí oyendo todo, él sabe que se portó mal, pero hija, está en un momento que no atiende a razones, es que no hace caso de nada. Ayer hablamos pero tampoco quería asustarlo más, además sabe que se equivocó y que no puede perderse.” Bien, no pasó nada, pero tú me reconoces que fue culpa de tu nene, me reconforta oírte. Crueles somos, pensé en ese momento, y pobre Umbertito, me añadí. La conversación terminó.

martes, 15 de junio de 2010

CONTINUACIÓN III

Así pues, estaba ya encajando el golpe del primer telefonazo. Me puse en actitud reflexiva, mirando al horizonte mientras pretendía divagar sobre cualquier tema que fuese interesante. Pero allí estaba ella, con su teléfono en mano, su voz clara y dulce, hablando con su hermano Diego. Diego reside en Madrid, al igual que Clara (otra hermana) y su padre; es importante tener esto en cuenta para comprender el verdadero problema familiar que nuestra compañera de viaje intentaba resolver durante la llamada: no había estado ni con Diego, ni con Clara, ni con su padre. En palabras de ella “vosotros sois los que vivís en Madrid, no iba a organizar la comida yo, os dije que iría pero se suponía que os encargaríais de todo”. Pronto supimos entonces que no había estado con su familia, que se defendía explicando que no era culpa suya y que “claro que me parecía bien la idea, si nos podemos juntar muy pocas veces. Y la verdad, aunque no tuviese muchas ganas de ver a Clara, que ya sabes como está nuestra relación, por ti y por papá me apetecía ir”. Así que la cuestión, como era de suponer, venía de lejos, ella y su hermana Clara no tenían una buena relación, y aunque todos se habían mostrado favorables a la idea de reunirse, nadie tomó las riendas del asunto. Me pregunté qué dificultades logísticas habría para no ir a casa del tal padre y verse allí, si no para una comida, por lo menos para un café. Me pareció evidente que las emociones en esa familia estaban a flor de piel; y yo totalmente inmiscuido en la conversación. “¿Dieego?, ¿Dieego?… ¿Me escuchas?”. Se cortó, no había buena cobertura.

Era evidente que aquella conversación tendría que continuar. Mientras la esperaba, observé la cantidad de establecimientos repetidos que hay en las carreteras de la Mancha, durante un buen trecho la vía transcurre paralela a la autovía. En ambos sentidos se amontonan tres clases de negocios: el bar de carretera en sus dos variedades, con o sin habitaciones, las queserías, a veces en combinación con los bares de carretera, y los burdeles, con grandes y luminosos carteles. Intenté imaginar como sería la persona que hiciese uso de los tres en un mismo viaje. Casar los bares con las queserías era bastante normal, igual que pasar la noche en una de esas habitaciones, pero la suma del burdel era lo que no me encajaba. Durante un buen rato estuve pensando en quesos y burdeles.

lunes, 14 de junio de 2010

CONTINUACIÓN II

Sentí que se había abierto la veda, me desengañé de repente, acepté que todo había terminado, supe que el tren iría más despacio desde entonces, seguí leyendo, pero sabía que había terminado la novela. Así fue, como os lo cuento, tuve que parar de leer. Llegó el momento temido, los compañeros de vagón se agitaron y comenzaron los juegos florales, los coros y danzas tan españoles. Unos se levantaban para ir al baño, otros iban a la cafetería, seguía tosiendo el calvo, los niños comentaban en voz alta la película; pero todos sabéis, y estaréis conmigo, que eso no es lo peor, como si aporreasen mi cabeza comenzaron las conversaciones telefónicas, las dudas existenciales, los problemas familiares, los dimes y diretes que todo pasajero necesita confesar a sus compañeros de viaje. La peor de las torturas es tener que escuchar irremediablemente las banalidades soeces de las tan mencionadas personas humanas. Y es, en ese mismo momento, cuando comienza la verdadera magia negra de los viajes en tren, la imposibilidad de no prestar atención, de no recordar sus palabras y de evitar ser un cotilla, como todo buen pasajero sabe. El mismo veneno que agita tus nervios, te seduce, te atrapa, y ellos lo saben, hablan para ti, se comunican paralelamente contigo, saben que los escuchas, sin que se escape detalle, saben que fabulas con sus vidas, que imaginas a sus interlocutores, que son parte de ti en esas horas y quizás en otros momentos. Siempre me ha asombrado la capacidad que tienen algunas personas de atrapar con las mayores insignificancias la atención de los demás, de tal modo que mientras lamentas su existencia y su mala educación, escuchas, escuchas, escuchas sus palabras. Lo llamo el síndrome sado del viajante de tren.

Ahora todos podréis entender el sentido de este viaje, uno de tantos, o quizás más que ninguno, en el que me sentí envenenado por el amargo elixir de las banalidades telefónicas, esclavo de sus palabras. Tengo que liberarme, haré públicas sus vidas, y en parte quizá la mía, convertiré su insignificancia en verdadero exorcismo público, destrozaré en la medida de mis posibilidades sus intimidades que tan a salvo creían que estaban a bordo de un tren sin encrucijadas. Rompo el pacto de silencio que todo viajero suscribe cuando se sube en un tren, su reino será también el de este mundo.

Hay una cuestión que a mí me intriga mucho, ya que no logro entender como la gente que llama por teléfono a algún pasajero consigue no coincidir con las demás personas que llaman a los otros pasajeros, como si entre ellos se conociesen y pudiesen establecer unos turnos de llamada. Esta cuestión, que a mí me deja perplejo, se cumple en un porcentaje escandaloso, y sin duda contribuye notablemente a la sensación que tengo de que saben que los escuchas, que estás atrapado, que vas hilando sus historias una detrás de otra, haciéndolos protagonistas de tu propia vida. Es curioso observar como en estos casos la conciencia de ser único, de acaparar protagonismo se desvanece y comparten su lugar en la escena como no se produce en ningún otro ámbito de la vida en sociedad.

sábado, 12 de junio de 2010

CONTINUACIÓN I

Fueron unos cuantos minutos de tranquilidad, de lectura serena y concentrada, reposando la novela en los paisajes secos y monótonos de la Mancha. Alternaba la lectura con las frecuentes divagaciones que surgen en un viaje de esas características, mirando al horizonte, sin atender a los pequeños detalles, hasta que alguno en concreto llama la atención, hace cambiar la perspectiva y consigue atrapar la vista en una casa, un montículo, una nube o la propia silueta del tren en un prado extenso y llano. Era por entonces un buen viaje, armonioso si me lo permiten. Vibró mi teléfono móvil, tenía un mensaje, en ese momento pensé que no habría más móviles en silencio en todo el vagón, contesté y continué la lectura.

Al rato llegó el revisor, comenzó la revista con las dos chicas que estaban dormidas, después de haber despertado a la que tenía más a mano. Luego siguió conmigo y más tarde con mis vecinos del otro lado del pasillo, hasta que se perdió a lo largo del vagón y escuché la puerta trasera, en todos los casos repitió la misma operación, “su billete por favor”, lo observa, lo taladra y con un gesto petulante y enérgico lo devuelve con un “muchas gracias” sonriente. Pensé que podría ser el pasajero un millón o quizá dos de aquel revisor y lo imaginé con esas mismas palabras y con ese mismo gesto cada una de esas dos millones de veces. La rutina y monotonía de los trenes, una vía paralela sin encrucijadas ni cambios de sentido.

Comenzaron los cambios en mi ánimo poco a poco, rumiándose escondidos antes de la digestión pasada por ácido. Unos pocos segundos después de que saliera el revisor, un hombre con bastón y guantes negros cruzaba lentamente el vagón camino de la cafetería, no me importó aunque sabía que tendría que volver. Continué la lectura sin perder la concentración y sin mayores distracciones durante un rato. Serían como las 16:30 horas cuando los pasajeros tuvieron sed, en un momento y en intervalos de pocos minutos cruzaron ante mis ojos un padre con sus dos niñas pequeñas, una abuela con su nieto y un señor bajito un tanto colorado. Seguí leyendo con interés la novela. Al cabo de un rato el hombre con guantes negros que caminaba con bastón cruzó parsimoniosamente el coche 5 del TALGO Madrid-Almería. Salió por la puerta delantera ante mis ojos. Como es natural, los demás pasajeros que se encontraban en la cafetería regresaron a sus asientos, haciendo uso de la cañada real en que se había convertido mi vagón. Pasó primero el señor bajito con cara enrojecida, una revista y no muy buen semblante. Al rato, pasaron el padre con sus dos hijas sin llamar demasiado la atención. Por último, la abuela y su nieto cargado de patatas fritas. Todos ellos abrieron y cerraron (está operación es automática) la puerta trasera y delantera del tren. Me sonreí y seguí leyendo.